De Eduardo Rovner y César Oliva.
Con Fabián Vena, Graciela Dufau, Luis Campos, Aldo Barbero, José M. López, Néstor Caniglia, Marcelo Melingo, Héctor Nogués, Sebastián Richards, Graciela Muñiz, Omar Kuhn, Eduardo Arias y Juan Pablo Carrasco.
Dirección: Hugo Urquijo.
Teatro: Teatro San Martín. Sala Casacuberta
| ESCENOGRAFIA e ILUMINACION: Héctor Calmet
Con el Grupo de Titiriteros del teatro San Martín dirigido por Adelaida Mangani.
La pregunta que no cesa de no hacerse
por Hugo Urquijo
“El regimen debiera ser el primer interesado en aclarar punto por punto la muerte de Federico. No aceptar la verdad histórica no es haberlo matado, es seguir matándolo”- decía el poeta Luis Rosales en 1974 cuando faltaban ocho años para que recibiera el Premio Cervantes y cuando ya habían pasado treinta y ocho desde que prendieran a Federico en casa de su familia que por falangista, los García Lorca consideraron la más segura para que el poeta eludiera el acecho mortal de las fuerzas de la oscuridad.
El regimen lo mató, está admitiendo Rosales. La pregunta que sigue y seguirá flotando alude a la causa. Federico seguirá formulándola cada noche desde este escenario:¿Por republicano, por homosexual, por “rojo”, por anticlerical, por masón, por judío, por diferente, por genio?
Una sola cosa está clara: un regimen que enarbolada la bandera de “!Viva la muerte!” no podía tolerar la vida del andaluz más genial, y por lo tanto el más vivo, de su generación. Un andaluz que tuvo una vida demasiado fugaz que fue interrumpida de la manera más vil y más cobarde: un fusilamiento no admitido ni asumido como responsabilidad, un cuerpo no entregado a sus familiares, un alma que todavía ronda en pena por las fosas comunes. Un andaluz que en esa corta vida tuvo tiempo de producir una obra teatral única y original que perdurará en el tiempo y una obra poética de una belleza arrolladora y una originalidad tan sorprendente que forma parte ya del cuerpo de nuestro prodigioso idioma.
Los hechos que narra “La sombra de Federico” dan cuenta de las últimas semanas de su vida que fueron a la vez las primeras de un golpe militar contra un estado de derecho republicano elegido en la urnas. Si la guerra civil que sobrevino inmediatamente después cambió el curso de la historia de España, el fusilamiento de un inocente como Federico instauró el terror, es decir, la ruptura de todo encadenamiento de la lógica y la razón. Y quizá ésa haya sido la monstruosa misión que las fuerzas de la muerte quisieron que este crimen imperdonable cumpliera.
Tenía tan solo treinta y ocho años el día que lo mataron. Vaya a saber qué hubiera salido de esa imaginación y ese genio si hubiera vivido el tiempo que le hubiera tocado. Toda muerte es irreparable. Y no hay muertes más irreparables que otras. “No entremos- dice otro gran poeta andaluz, Félix Grande- en esa contabilidad tan desatenta con la vida. Sólo digamos que algunas criaturas dejan sobre la tierra, cuando mueren, una viudez más numerosa. En millones de corazones unas hebras de luto se llaman Federico.”
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